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  • Salvador Elio Galvaz

Reconocer el progreso y evitar la complacencia


El jueves nos levantamos con la noticia de que el Papa Francisco respaldó abiertamente el derecho al reconocimiento legal de la unión civil en parejas del mismo sexo y a formar y ser parte de una familia. Aquello causó olas tanto en los estaños más conservadores como en los más liberales de mi confuso universo de las redes sociales. Al hacerlo, esta ruptura de la postura del Papa Francisco con la ortodoxia católica seguro encontró eco en las voces reformistas (dentro y fuera de la Iglesia) y encontró rechazo entre los conservadores religiosos (dentro y fuera de la Iglesia). «Son hijos de Dios y tienen derecho a una familia. Lo que tenemos que hacer es crear una ley de uniones civiles. Así están cubiertos legalmente. Yo apoyé eso». Refiriéndose probablemente a cuando siendo arzobispo de Buenos Aires se opuso a la legalización del matrimonio homosexual, pero se mostró a favor de las uniones civiles.

Las reacciones con las que me encontré iban desde «too little, too late» (muy poco, muy tarde), hasta «lo que importa es lo que dice aquí» con imágenes de los versículos subrayados en Romanos 1:26-27. Luego, también hubo quienes celebraban el reconocimiento como un progreso en la lucha por la igualdad, y hasta hubo quienes me enviaron mensajes privados felicitándome por las recientes bendiciones del Papa de mi unión homosexual. Era como si de repente las puertas del cielo se me hubiesen abierto de par en par, dejando de lado aquella parcela de tierra candente en el infierno en la que he estado invirtiendo durante los últimos tal vez veinte años.

Pero antes de comenzar a desbordar al confundido San Pedro con solicitudes de traslado inmediato al paraíso de los millones de almas Queer aún penitentes en el infierno, quisiera entender un poco más lo que realmente ha sucedido y su verdadero alcance.

Lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo

Los que nos sabemos culturalmente católicos estamos por demás familiarizados con esta frase de Mateo 16:18-19, uno de los fundamentos más directos de la infalibilidad del Papa, la misma que ha sido transferida de un Papa al siguiente, desde Simón Pedro hasta Francisco. Pero como con todo derecho sustantivo, ––por muy directo que provenga de la boca del mismo Jesús –– esta prerrogativa está sujeta a un definido derecho procesal. Como dicen en inglés, «the devil is in the detail» (el diablo está en el detalle). Nunca mejor dicho. Es decir, para que la infalibilidad papal valga, tiene que reunir ciertas condiciones de fondo y forma. Así, en realidad, no todo lo que desata el Papa en la tierra se desata en el cielo.

Para que una doctrina Papal sobre la fe o la moral se considere como «divinamente revelada» y por lo tanto, infalible, debe haber sido declarada ex cathedra, y para ello debe reunir tres requisitos: (i) que sea una declaración del Papa acerca de alguna cuestión de fe o de moral; (ii) que la declaración del Papa se dirija a la Iglesia en su conjunto en calidad de «pastor y maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos» (es decir, que no sea en calidad de persona privada); y, (iii) que la declaración del Papa se haya manifestado como un «acto definitivo» y que por lo tanto no podrá ser cambiado en el futuro.

En el caso que nos ocupa, si bien su opinión sobre las uniones civiles entre personas del mismo género es un tema de moral cristiana, entiendo que fue claramente emitido por el Papa como una opinión en su calidad de persona privada, y por lo tanto como algo no definitivo. Es decir, que no goza de infalibilidad absoluta.

Al ser así, debemos entender que su posición personal, por progresista que sea, no ha logrado por sí misma un cambio en la posición doctrinaria de la Iglesia. Sobre este mismo tema, hace poco más de cuatro años en la exhortación apostólica postsinodal del Papa Francisco, Amoris Laetitia, se indicó que «(…) los proyectos de equiparación de las uniones entre personas homosexuales con el matrimonio, no existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia (…)».

Ésta es la doctrina que a mi entender sigue imperando en la Iglesia Católica.

Mientras no sea matrimonio

El otro punto importante es la negativa rotunda para equiparar la unión de personas del mismo género con la figura del matrimonio. En eso la posición del Papa sigue promoviendo aquella diferenciación. Y ello no es de extrañarse, porque la Iglesia ha pretendido un cierto monopolio sobre la institución del matrimonio por ya mucho tiempo. Esto, pese a que la figura legal del matrimonio precede por mucho a la existencia de la Iglesia. Ya en aquellos tiempos en que se liberalizaron los códigos civiles la Iglesia también se oponía a la institución del matrimonio civil en muchos países, así como se opone al divorcio civil, porque éste atenta a la perpetuidad del matrimonio eclesiástico. Amoris Laetitia sostiene en este sentido: «En varios países, la legislación facilita el avance de una multiplicidad de alternativas, de manera que un matrimonio con notas de exclusividad, indisolubilidad y apertura a la vida termina apareciendo como una oferta anticuada entre muchas otras. Avanza en muchos países una deconstrucción jurídica de la familia que tiende a adoptar formas basadas casi exclusivamente en el paradigma de la autonomía de la voluntad».

Cabe aclarar que el principio del matrimonio igualitario, celebrado civilmente, no atenta en lo absoluto al sacramento católico del matrimonio. La Iglesia católica podrá siempre restringir y definir la celebración del matrimonio eclesiástico bajo sus propias normas y consideraciones. Como de hecho ya lo hacen. Una persona divorciada no puede contraer segundas nupcias por medio de la Iglesia, por ejemplo. El que el divorcio y la capacidad legal de volver a contraer matrimonio exista en las instituciones civiles no exige un cambio en la estructura normativa canónica del matrimonio. De la misma manera, el pretender que el matrimonio civil no pueda extenderse a parejas del mismo género porque atenta a la estructura del sacramento del matrimonio es falso. Nada se le quita a la institución católica del matrimonio con la aprobación del matrimonio civil igualitario. La anterior puede seguir siendo tan restringida como quieran que ésta sea.

Y es que este supuesto copyright que pretenden tener con la palabra matrimonio, en plan “marca registrada”, porque «esa palabra significa algo y no puede significar otra cosa» es de hecho irrelevante. Las instituciones legales son naturalmente mutables. El derecho positivo cambia y las mismas instituciones que antes eran definidas de una manera o sujetas a requisitos específicos, ahora son distintas. El concepto de ciudadano estaba sujeto a propiedad, a raza, a género. El derecho a votar, igualmente estaba restringido a hombres con cierto haber. El derecho a la propiedad incluía propiedad sobre personas (esclavos). Y el nombre que tenga una institución no obliga su significado. Así, decir que no puede haber matrimonio homosexual porque la palabra viene del latín, mater (madre) y monium (obligación), y por lo tanto requiere siempre la presencia de una mujer, es tan ridículo como decir que la palabra patrimonio que proviene del latín, pater (padre) y monium (obligación), debe ser exclusiva de los hombres, varones y muy machos padres de familia y por lo tanto excluir a las mujeres. Además, si fuese así, en el caso de la relación entre dos mujeres debería ser entonces un “supermatrimonio”, ya que potencialmente habría dos madres.

Así que no, no entiendo ninguna razón por la cual las relaciones entre personas del mismo género tengan que verse sujetas a una definición legal segregacionista. Igualdad de derechos es igualdad de acceso a las mismas instituciones legales y jurídicas, no tan solo a unas creadas con otro nombre. Así como ya no estamos en épocas de separar los asientos del autobus por razas, tampoco deberíamos separar el acceso a derechos civiles y políticos por orientación sexual o identidad de género. Si no quieren usar la palabra matrimonio para unos, entonces que no se use para nadie. No tengo problema con eso. Porque aquí o hay matrimonio para todos, o el matrimonio al río… (parafraseando un decir español) y todos simplemente nos unimos.

Too Little, too late

Celebrar que el Papa nos considera personas con derechos no debería ser una revelación del progreso de la causa homosexual, sino una evidencia de lo regresiva que es la posición católica al respecto. Ya no estamos ahí, el mundo ya no está ahí. Al respecto, Amoris Laetitia indica: «Por eso, deseamos ante todo reiterar que toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto, procurando evitar “todo signo de discriminación injusta”, particularmente cualquier forma de agresión y violencia». Pretender que algo que resulta tan básico sea una revelación progresista dice muy poco de quienes así lo piensan. Noten además lo que he subrayado en la cita. Primero, la condescendencia con que se usa la palabra “tendencia” (en lugar de orientación o identidad) denotando no solo algo transitorio, sino algo casi electivo, caprichoso. Lo segundo, al señalar que se debe procurar evitar discriminaciones injustas (de las que se señalan como ejemplo particular la agresión y la violencia), primero implica que existen discriminaciones justas a las que sí se debe dar rienda suelta, y segundo que pedir que se procure evitar la violencia, no es lo mismo que exigir que se deba evitar la violencia.

Menos mal no está en manos del Papa o de la Iglesia reconocer los derechos humanos fundamentales de los que gozo legalmente.

Eppur si muove

Tras lo dicho, me siento también en el deber de reconocer el progreso. Porque la opinión expresada por el Papa, por tardía, limitada, insuficiente e intrínsecamente discriminadora que sea, es Progreso (y lo escribo con mayúscula).

Mover los engranajes oxidados de una organización política tan establecida, tan afianzada en su idiosincrasia requiere de empujes violentos que la obliguen a buscar compromisos y, tal vez, así avanzar. Así que reconozco el heroísmo del Papa, porque podría no haberlo dicho, y sin embargo lo dijo.


Reconozco, por ejemplo, la importancia que esas palabras tienen para gente cercana a mí que aún dudan sobre cómo relacionarse conmigo al ser un hombre casado con otro hombre desde hace ya diez años. Reconozco también que le quita el aire a los movimientos políticos conservadores que, al menos en mi país, basan muchas de sus políticas sociales en posiciones religiosas dogmáticas. Reconozco que, si el Papa puede aceptarlo, se deja en una posición muy precaria a quienes se consideren católicos y se nieguen a hacerlo. Aunque aquello de pretenderse más santos que el Papa se les da a muchos.

Así que algo importante se movió en ese engranaje institucional de la Iglesia. Algo hizo que aquello rechinara con el estruendo hosco y polvoriento que excretan las posturas caducas. Y si bien la valiente opinión expresada por el Papa no ha cambiado (aún) la doctrina de la Iglesia al respecto, debemos reconocer que "y, sin embargo, se mueve”.

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