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  • Salvador Elio Galvaz

Wise One

Cuando lean PETDA –––porque así voy a referirme a Pasado el Tiempo de Admiración; en plan, «hashtag PETDA» –––notarán lo presente que está la música en muchas partes de la narración y en los diálogos de la historia. La música es uno de los recursos que utilizo para tratar de darle textura a la época, al momento. Porque subirse a un auto en la noche de Guayaquil, que llevaba el acondicionador de aire encendido y en el que sonaba «I’m blue da ba dee da ba da» es, para mí, hablar de comienzos de los 2000. Y ello lo es tanto para los que al subirse decían «¡cambia esa huevada!», como para los que decíamos ––porque ya a estas alturas queda poco de qué avergonzarse ––: «¡Uuu! ¡Súbele! ¡Da ba dee daba da!». Menos mal tengo un esposo que me recuerda con frecuencia mi terrible gusto musical.

Pues mi propuesta es que la música que escogí ayuda a darle textura a los recuerdos de una época, de un momento en el tiempo y el espacio. Con algunas conecto yo de manera más directa, con otras trato de conectar con el imaginario colectivo que frecuentaba los lugares que utilizo como escenarios de la historia de Ricardo.

Pero quiero comenzar por la primera pista, porque no sólo es la primera referencia musical que hago en la novela, es de hecho la primera oración de todo el libro:

«Cuando pienso en dónde comenzar, mi mente tiende hacia una tarde de lluvia, con Coltrane sonando en el carro conduciendo desde Parque Lago a la ciudad».

A diferencia del papá de Ricardo, mi padre no escuchaba realmente música clásica. Era más bien un aficionado al jazz y además un fanático de Paul Anka. –––Ya lo sé, nada que ver. Pero no puedo quejarme mucho si yo mismo he hecho un playlist en el que conviven tanto Depeche Mode como Gustavo Lara. –––Y cuando mi padre no cantaba: «Oooh pleeeease staaay by meee… Diana», con un inglés atropellado, nos ponía en casa a Miles Davis, a Duke Ellington, a Louis Armstrong y, por supuesto, a John Coltrane.

Mi disco favorito de Coltrane era Crescent, y creo que lo sigue siendo, sobre todo por la conexión que siento al mismo. Recuerdo a mi papá cerrando los ojos y ligeramente encorvado frente al equipo de música que teníamos en el comedor, como si se estuviese acercando para querer escuchar mejor, y movía ligeramente los hombros con el ceño aún fruncido, internalizando la música. «¡No seas ridículo Papi!», decía o yo, o alguno de mis hermanos, y él se balanceaba con más alevosía y aún menos destreza mientras los ritmos de la música se volvían más intensos. «¡Es que canta! ––decía, ––¡el saxofón canta!». Y yo imaginaba la boca del saxofón gesticulando palabras como en los dibujos animados vintage en los que las cosas cobran vida.

Cuando tuve mi primer auto, el que venía con una modernísima radio y CD player, una de las cosas que me tuve que pensar bien era cuáles de mis álbumes dejarían de estar en mi habitación y pasarían a acompañarme a la guantera de mi carro. Esto era antes de los discos piratas en las gasolineras, y claro, mucho antes de los MP3 players, del Bluetooth, y cuando los teléfonos móviles eran principalmente eso, teléfonos. En estas épocas, los CDs solo se copiaban en casete, cuando los equipos de música lo permitían. Y en casete también se copiaban otros casetes, las canciones de la radio, y hasta los programas radiales de Evocación Romántica, esperando no ser el “Capa Caída” de la semana. Yo nunca lo fui, porque para ser el Capa Caída había que haber tenido la propia Capa Levantada en algún momento, y yo era de los que ni siquiera traíamos capa. Así, entre los CD que elegí como uno de mis acompañantes oficiales en el auto estaba el de Crescent de John Coltrane.

Para mí, conducir por Guayaquil, y sobre todo, conducir por Guayaquil con lluvia, estuvo por mucho tiempo íntimamente ligado a los sonidos de ese álbum. Y tal vez, más a que ninguna otra canción, a Wise One, que es la que pongo primera en el playlist. Me gustaba todo, desde el nombre hasta la melodía, pero, sobre todo, me gustaba porque sentía más que con ninguna otra canción de ese mismo álbum que aquel instrumento de viento me cantaba con palabras, perfectas y bien formadas ­­­–––como lo había sugerido mi papá.

Hace ya mucho tiempo, y también mucho tiempo después de aquello ––da perspectiva que uno tenga una edad en la que se pueden recordar cosas que pasaron hace mucho, pero que también sucedieron mucho después de algo más ––en alguna tarde de lluvia holandesa, con la mirada en algún canal turbio a través de la ventana de mi habitación, volví a escuchar ese mismo álbum mientras la lluvia otoñal aguijoneaba el vidrio. Y fue una de esas noches románticas en las que se recuerda lo que se solía querer, y se quiere lo que se olvida. Esa noche lo escuché por primera vez ––porque ahora siempre lo escucho así, –––cuando comenzó Wise One oí claramente que alguien me cantó con perfectísima dicción: «I miss you…». Di un brinco del suelo sobre el que estaba sentado arrimado a aquella ventana, pausé la canción desde mi iPod (no AirPods, cálmense gen-zetas), me saqué los audífonos y volteé a ver si había alguien más en la habitación. Porque a mí, a diferencia de Ricardo, nunca me ha hablado un fantasma. Cuando supe a ciencia cierta que no había nadie, me puse los audífonos de vuelta, reinicié la canción y volví a escucharlo con claridad: «I miss you». Tomé papel y lápiz y me puse a descifrar las palabras que decía el saxofón de Coltrane, mientras pausaba, retrocedía y adelantaba. Yo tenía talento para esto, porque antes, cuando las letras de las canciones no estaban abiertamente disponibles en internet, y cuando los cancioneros de los álbumes no venían con las respectivas letras (que falta de educación me pareció eso siempre), había que pegar el oído al parlante, escuchar, pausar, escribir y repetir. Y con ese talento escuché con cuidado y logré descifrar de a poco las palabras que me cantaba Coltrane.

Lo escribí. Lo decidí un poema, y le puse el mismo nombre de la canción. Aquí se los dejo:

Wise One

I miss you, when my empty hands can’t feel you and I know my lips won’t kiss yours tonight, I’ll miss you tonight.

And here alone in the rain solitude softly speaks your name and I miss you while the drizle clears the tears off my face.

I miss you, for you said our love won’t be true when you held your lips against mine and kissed me goodbye.

How to let go of this pain? How to be the wiser one instead? That forgives you with a smile and a friendly farewell.

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